Las Brujas de Escazú

No es una bruja: es un pueblo entero de ellas. Vuelos de noche, María la Negra y una fama que Escazú carga con orgullo.

Más que una, todo un gremio

Escazú no tiene una bruja: tiene tradición de brujas. No es una historia, es un tejido entero de relatos sobre mujeres que de día parecen vecinas comunes y de noche vuelan, embrujan, curan, castigan burlas y arreglan o desarreglan amores. La más nombrada es María la Negra, pero el ciclo la desborda: detrás de ella hay muchas, conocidas y anónimas.

Por eso a Escazú le dicen, con cariño y con un poco de miedo viejo, el pueblo de las brujas. Algunas recopilaciones locales hablan de veintitrés brujas hacia 1960, y la fama llegó tan lejos que el apodo de Ciudad de las Brujas terminó entrando en el escudo cantonal. No la borró el cemento ni los centros comerciales: ahí sigue, en las mascaradas, en el nombre, en la forma en que el cantón se cuenta a sí mismo.

Hay pueblos que esconden su fama rara. Escazú la sacó a bailar en mascarada. Eso, para Guáncher, es sabiduría.

Lo que Guáncher oye debajo del susto

La historia que más se repite es la de la bruja descubierta en pleno trance por alguien de su propia familia; cuando se rompe el secreto, la desgracia cae sobre la casa, los animales y la cosecha. En ese ciclo aparecen nombres como María la Negra y el abuelo Talí, y también una sospecha vieja: que muchas sanadoras, parteras o mujeres con conocimiento de hierbas terminaran confundidas con brujas. Suena a castigo, pero Guáncher oye otra cosa: el miedo viejo a la mujer con poder propio, a la que sabía cosas que el pueblo no podía controlar.

Por eso la leyenda tiene dos caras. Por un lado avisa: no te burlés de lo que la comunidad tiene por real. Por el otro guarda, casi sin querer, la memoria de una feminidad fuerte, temida y respetada, que escapaba al orden de su tiempo. Escazú terminó volviéndola identidad, y eso es lo más tico que hay: hacer fiesta de lo que primero dio miedo.

Versos al aire

Apunte de libreta · Las de Escazú

De día cosen, de día rezan,
de noche el techo las oye pasar;
no le temás a la que vuela,
temele al pueblo que la hizo volar.

Lo que quedó apuntado

Alvar Macís Guerrero anotó lo que el cantón se contaba de sí mismo en Apuntes de Escazú (Imprenta Nacional, 1988): casas, nombres, episodios. De ahí y de las recopilaciones locales sale el conteo de veintitrés brujas hacia 1960, un dato que se repite mucho y que nadie ha respaldado con la lista. Ir a ver, en cambio, sí se puede: el escudo del cantón, la mascarada y el apodo siguen ahí, a la vista de todo el mundo.

El origen es otra cosa, y ese nadie lo jura. Unas versiones lo llevan a las curanderas y parteras que sabían de hierbas; otras, a la burla entre vecinos que se fue quedando. La historia de la bruja descubierta por alguien de su propia casa aparece en casi todas las recopilaciones abiertas, pero cada una la pone en otra casa y con otro nombre. El MEP publicó la Piedra Blanca en material de escuela; María la Negra y el abuelo Talí andan sobre todo en sitios de aficionados, que se copian unos a otros.

Referencias consultadas

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