Libreta

Un cuaderno largo de cuentos, fiestas, oficios, palabras y memoria costarricense.

Una libreta, sin cortes

La libreta se acomoda por gavetas: cuentos que viajan, fiestas que ponen orden, oficios con memoria y palabras que todavía no aceptan jubilarse. Todo vive aquí, en una sola página larga, con sus referencias y sus ilustraciones.

“Yo no guardo notas por orden alfabético; las guardo por el ruido que hacen cuando vuelven.”

En esta libreta

Primera gaveta: cuentos que cambian de camisa

Una de las cosas finas que tuvo este país fue la noche sin tele. No era aburrimiento. Era junta. Bastaba que un abuelo se aclarara la garganta y pusiera la mano en la rodilla para que la sala se llenara de montes, carretones y mujeres de río.

Guáncher aprendió escarbando papeles que la tradición oral costarricense no se deja poner corbata. La misma figura cambia de río, de cuesta, de nombre y hasta de oficio cuando cruza de cantón. Eso no la hace falsa. La hace oral.

A mí me gusta el cuento que llega con barro en el ruedo; el cuento demasiado limpio ya parece acta municipal.

Referencias sobre tradición oral costarricense

Anancy no camina: brinca

Anancy le hizo gracia a Guáncher porque no entra como espanto de monte ni como santo de pueblo. Entra por Limón, por la memoria afrocaribeña, por el cuento que enseña con picardía y no con cadenas arrastradas.

No todo lo oral necesita ponerse máscara de leyenda. Hay relatos que vienen con araña, risa, trampa y tambor bajo la camisa. Si uno los fuerza a sonar como aparecido del Valle Central, les quita el sabor. Mejor dejarlos brincar.

Yo no corrijo a Anancy: apenas me hago a un lado para que pase brincando.

Referencias sobre Anancy y oralidad afrocaribeña

Segunda gaveta: fiesta que pone orden

Hay tradiciones que no llegan a explicar nada en voz alta. Llegan bailando, con máscara, con música, con gente en la calle, y de pronto el pueblo entiende lo que tenía que entender.

En esta gaveta caben las costumbres que desarman pleitos, bajan el miedo de categoría y vuelven juego público lo que, guardado en la casa, se pondría demasiado serio.

La yegua que separó el pleito

A Guáncher le gustan los espantos, pero le gustan más las tradiciones que no ocupan morder para enseñar. La Yegüita de Nicoya no llega a comerse a nadie: llega a meterse entre dos hombres antes de que la sangre haga su tontera.

Eso es una rareza preciosa: una historia donde lo sagrado no solo castiga, sino que desarma el pleito. Una yegua de madera, una promesa, una comunidad bailando y la violencia quedándose con la cara larga, como quien llegó tarde al turno.

Referencias sobre La Yegüita de Nicoya

Mascarada: el miedo con zapatos de fiesta

Este país no siempre guardó el miedo en silencio. A veces le hizo cabeza grande, le puso música de cimarrona y lo sacó a la calle para que los chiquillos corrieran riéndose y llorando al mismo tiempo.

El Pisuicas, el Cuijen y otros diablos populares pasan mejor cuando no se les plancha la camisa. En mascarada, el susto baja de categoría: deja de ser sentencia y se vuelve juego serio, de esos que enseñan sin pedir permiso.

Yo le pongo música al miedo para ver si afloja la quijada.

Referencias sobre mascaradas y espantos populares

Cimarrona: la música que abre calle

La mascarada sin cimarrona queda como toro sin polvo: se mira, sí, pero no termina de corretear a nadie. La parrandera y la cimarrona le ponen patas al susto, lo vuelven público y le dan permiso al pueblo de asustarse riéndose.

Guáncher apuntó que esa música no sirve solo para acompañar cabezudos. Sirve para sacar a pasear lo que en la casa daría miedo: el diablo, la muerte, la burla, el vecino serio que por dentro también quiere brincar. Con metales y bombo, hasta el espanto aprende a hacer fila.

Una cimarrona es un sermón que se cansó de estar sentado y agarró trompeta.

Referencias sobre cimarrona, parrandera y mascarada

Tercera gaveta: oficios con memoria

Hay archivos que no huelen a papel. Huelen a buey sudado, rueda pintada, tapa de dulce, tortilla caliente y coyol recién abierto. Costa Rica también se escribió con manos que trabajaban antes de que alguien llegara a tomar apuntes.

Esta gaveta no guarda adornos: guarda oficios. De esos que primero sostuvieron una vida y después, cuando el país se puso sentimental, terminaron llamándose patrimonio.

Yo he visto más memoria en una tortilla bien palmeada que en mucho discurso con micrófono.

La carreta viva no asusta: trabaja

La Carreta sin Bueyes anda por Leyendas porque llega sola y de noche, haciendo sonar lo que no se ve. Pero aquí Guáncher apunta la otra: la carreta viva, con boyero, yunta, pintura y rueda que aprendió a cantar antes de volverse postal.

No todo símbolo nacional nació para marco de sala. Primero fue oficio: barro, cuesta, carga, paciencia y una manera de leer el camino con los animales. Si uno escucha bien, la carreta no dice “mírenme qué bonita”; dice “yo también trabajé este país”.

Referencias sobre boyeo y carreta costarricense

Coyol, trapiche y maíz: el archivo dulce

La cocina también guarda memoria: no en estantes, sino en manos que saben cuándo la masa está lista sin pedirle permiso a un reloj.

El trapiche enseña que el dulce no aparece: se muele. El maíz recuerda más de lo que presume. Y el coyol, con toda su picardía de verano, todavía le susurra a Guanacaste que algunas costumbres se beben despacio porque vienen de muy atrás.

Referencias sobre coyol, trapiche y cocina tradicional

Cuarta gaveta: palabras que no se dejan jubilar

La tradición también habla en chota, mapa y madera. Una copla puede corregir mejor que un sermón; un nombre de lugar puede cargar siglos sin hacer bulla; una marimba puede juntar gente que llegó con la cara larga y se fue marcando el paso.

Aquí Guáncher arrima el oído a lo que suena: lengua viva, topónimos antiguos y música que todavía conserva polvo de camino.

Retahíla: lengua con espuelas

La retahíla no es hablar mucho. Es hablar con caballo propio. La copla, la bomba y el verso repentista sirven para vacilar, cortejar, defenderse y medir quién trae la lengua despierta sin tener que levantar la voz.

Guáncher le guarda campo porque ahí la tradición oral no se pone solemne: se ríe, punza y sale corriendo. A veces dice una verdad tan seria que necesita decirla jugando para que no se ofenda nadie.

Yo no le temo a una lengua filosa; le temo a una lengua dormida.

Referencias sobre retahílas, coplas y bombas costarricenses

Los nombres también tienen monte

Un mapa no empieza en la carretera. Empieza en la palabra. Nicoya, Nandayure, Nosara, Upala: nombres que uno pronuncia como si fueran obvios, pero que cargan lenguas, pueblos y capas de memoria más viejas que cualquier rótulo de lata.

Guáncher no se pone a dictar etimologías como juez de escuela. Mejor deja la oreja abierta: cuando un lugar conserva nombre indígena, el país habla dos veces. Una con la boca de hoy y otra con una raíz que todavía no se resigna a quedarse callada.

En la investigación quedó otra cosa buena: los nombres no viajan solos. Entre la toponimia, la tradición oral indígena y lo que los estudiosos han ido apuntando se asoma un país que habla en capas. Así que cuando el mapa parece callado, a veces lo que está es hablando bajito, en idioma que la prisa ya no entiende.

Yo no sé si el mapa habla; pero cuando dice Nicoya, Nandayure o Upala, algo viejo contesta.

Referencias sobre toponimia indígena y tradición oral

Marimba y quijongo: madera que conversa

La marimba no solo acompaña fiestas. También carga kilómetros: bailes, turnos, lunadas, patios y pueblos donde la música fue poniendo a la gente de acuerdo aunque fuera por una pieza.

El quijongo parece más flaco, pero no por eso habla menos. Una cuerda, una vara, una jícara y ya el monte tiene garganta. La tradición no siempre entra contando: a veces entra sonando bajito, como quien no quiere interrumpir y termina mandando la noche.

Entre las notas viejas de Guáncher quedó una confesión de patio: su primera marimba fue una caja de tomate con ligas. Sonaba medio asustada, pero ahí aprendió una verdad: no toda música tradicional nace fina; mucha empieza jugando, probando, haciendo bulla hasta que el pueblo le encuentra modo.

Referencias sobre marimba, quijongo y música tradicional

Calypso: Limón cuenta cantando

Guáncher también hizo campo para el calypso limonense, porque hay tradiciones que no llegan en carreta ni en vela de iglesia: llegan con mar, inglés criollo, chota fina y una memoria afrocaribeña que aprendió a decir cosas serias bailando.

No conviene volverlo leyenda de espanto a la fuerza. El calypso hace otro trabajo: cuenta noticia, barrio, malicia, protesta y picardía. Es cuento hablado con guitarra y sonrisa ladeada, de esa que lo regaña a uno sin quitarle el paso.

El calypso no pide permiso para entrar; se asoma con sombrero, saluda y ya cuando uno ve está diciendo la verdad.

Referencias sobre calypso limonense

Acuarela de Guáncher descansando y jugando con el agua en un río claro de verano

Donde la libreta baja la voz

Algo de campo viene todavía en nosotros: café recién chorreado, gallo necio, patio húmedo, aguadulce pasado de dulce, una silla plástica bien puesta. A veces uno no recuerda haber vivido eso exactamente. Solo sabe que, cuando se lo topa, el cuerpo afloja como si lo reconociera.

Uno de los lujos más olvidados era ir al parque del centro a no resolver nada. Solo estar. Ver gente pasar. Ahí también se afinaba el alma.

Yo no vengo a cerrar la libreta; apenas le pongo una piedrita encima para que no se la lleve el viento.

Yo digo que lo que más alumbra una noche de campo no es la luna: es alguien que no tenga prisa.