Biografía de Guáncher

Esta biografía sigue un apodo de infancia que terminó cargando guitarra, memoria y país.

De dónde viene

Nadie sabe a ciencia cierta dónde nació, y a él le gusta así. Hay quien lo pone en un pueblito cafetalero; otros, en un pueblo olvidado cerca de otro medio conocido; otros dicen que lo fue juntando una canción sin terminar. Lo cierto es que Guáncher viene de una mezcla rara: muchacho de campo, humor atravesado, oído atento y una melancolía que no hace escándalo.

Antes de cualquier serenata hubo un trío de chiquillos: Tito, Juan Luis Mora y Guáncher. Con un patio, una tarde larga y dos o tres palos mal puestos les alcanzaba para levantar pueblos, ponerles leyes y perderse en aventuras que no necesitaban público.

A Guáncher le decían Guáncher desde siempre. El apodo se lo puso Tito tan temprano que se volvió parte del cuerpo, como una cicatriz buena o una manera de caminar. Nadie recuerda si nació de una broma, de una mala pronunciación o de una ocurrencia sin importancia; lo que importa es que quedó.

Tito se fue a vivir lejos, pero todavía aparece de tiempo en tiempo para saludar, para chismear sobre la gente del barrio o para proponerle algún negocio extraño. El patio, eso sí, quedó con una silla menos cuando murió Juan Luis Mora.

A Guáncher esa ausencia no le quitó la risa ni lo volvió serio de golpe, pero sí le cambió el ritmo a sus afanes. Desde entonces aprendió a caminar más despacio y a ponerle atención a lo pequeño: el chasquido de una cerca, una olla hirviendo, la gotera en el techo del corredor, la verdad escondida en un chiste.

“Hay ausencias que no hacen bulla. Solo le enseñan a uno a bajarle el volumen a la prisa.”

Su escuela

Su escuela fue el cafetal, pero también el patio, el corredor y las tardes en que nadie estaba mirando. La primera música le salió de una bisagra que chirriaba con ritmo, de una caja de tomate con ligas y de una tía cantando boleros sin saberse la letra.

Más tarde vino la guitarra prestada, el cepillo de pelo haciendo de micrófono y la maña de escuchar lo que otros dejaban pasar. Desde ahí supo que no quería cantar bonito, sino cantar verdad, aunque raspara.

“No nací para estrella. Nací para vereda.”

La fiesta y la orilla

En medio de una fiesta, Guáncher parece nacido para el ruido bueno: anima con la guitarra, tira una ocurrencia cuando la conversación se pone tiesa y encuentra ritmo hasta en una silla mal arrimada.

Pero cuando se apaga la bulla, no sale huyendo: se aparta para volver con algo. La soledad no le pesa; le sirve de corredor. Ahí oye mejor el campo, la gente y esas cosas pequeñas que no gritan, pero que explican el mundo.

“Una vez discutí con una cerca… y ella tenía razón.”

Cuando el nombre empezó a firmar

El nombre venía desde siempre. Lo nuevo fue dejarlo firmar canciones. Un día entendió que lo que estaba saliendo no cabía del todo en un nombre de cédula: traía herencia, observación, cuento viejo y una broma con filo.

Con esa firma pudo reírse en medio de una letra seria y escribir cosas que lo dejan callado por lo ciertas.

“La guitarra no me hizo valiente; me enseñó a no esconderme.”

Cómo habla

No canta para que lo entiendan. Canta para que alguien diga: “qué raro esto… pero qué cierto”. Por eso el canto sale entre monte, humor, memoria y espina.

Primero hace sonreír. Después deja la frase trabajando por dentro.