La Bruja Zárate

Donde manda Zárate, el orden común se va de vacaciones: piedra encantada, pueblos vueltos roca y animales que antes fueron gente.

La señora de la peña

Zárate no es brujita de cuento bonito. Es señora con poder, de las que se sientan en la silla grande de la montaña. La tradición la ata a la Piedra de Aserrí, esa peña que se ve desde medio Valle Central y que, según se cuenta, está hueca por dentro y llena de encantos. Ahí adentro mandaría ella: curandera, bruja, dueña de cueva y guardiana de lo que reluce.

Le atribuyen cosas gruesas: convertir frutas en piedras preciosas, volver animales a los que la desprecian, y hasta dejar un poblado entero hecho roca cuando le falló el respeto. En algunas versiones, al poderoso que quiso pasarle por encima lo deja vuelto pavo real: bonito, sí, pero condenado a enseñar la cola como lección pública. No es maldad por maldad. Es aviso: de la Piedra para arriba manda ella, y ahí no sirve ni el apellido ni la plata.

Hay piedras que solo son piedras. Y hay piedras que son la tapa de algo. La de Aserrí, dicen, es de las segundas.

Por qué Guáncher no la cuenta como villana

Es fácil pintar a la bruja de mala y cerrar el caso. Guáncher prefiere mirarla como lo que el cuento dejó entrever: una mujer con un poder que el pueblo temía y a la vez necesitaba, porque a Zárate también iban a buscarla para curar, para encontrar, para entender. La misma sociedad que la llamaba bruja le tocaba la puerta cuando se le enfermaba un hijo.

Ahí está la lección doble: no le faltés el respeto a lo que tiene poder antiguo, y no creás que vas a sacarle riqueza al encanto por pura codicia. El que sube a la peña a robar, baja convertido en algo. El que sube con respeto, a veces baja sabiendo más.

La Piedra Blanca: un episodio de su reino

Hay un cuento que es, en el fondo, una visita guiada al reino de Zárate: el del misterio de la Piedra Blanca. Cuentan que Don Tuto subió a la montaña de Escazú, a ese corazón encantado donde el orden común deja de regir, y que un duende le reveló el secreto: que allí manda Zárate, y que la mismísima Tulevieja está encantada, retenida por obra de la hechicera. Con bravura local, Don Tuto llega a amarrar a la criatura con un bejuco de yazú.

Por eso viene aquí y no aparte: la Piedra Blanca no es otra leyenda, es una escena dentro del mundo de Zárate, donde se cruzan la bruja, los duendes, la Tulevieja y la montaña como santuario prohibido. Algunas versiones la tratan casi como segunda residencia de la hechicera, del lado de San Miguel de Escazú. Cambia el cerro (de Aserrí a Escazú), pero el reino es el mismo, y la regla también: al encanto se entra con respeto, conocimiento y, si acaso, un buen bejuco en la mano.

Aserrí o Escazú, da igual el cerro: donde aparece Zárate, el mundo común se hace a un lado y empiezan a mandar otras leyes.

Versos al aire

Apunte de libreta · Zárate

Subí a la peña con codicia,
bajé convertido en gavilán;
lo que es de la bruja es de la bruja,
y el respeto no se compra ni se da.

Lo que quedó apuntado

Zárate y la Piedra de Aserrí están atestiguadas en compilaciones costarricenses de leyendas y han sido revitalizadas en ficción contemporánea; las descripciones abiertas más detalladas son secundarias, así que conviene tomarlas con cautela y no fijar una sola versión. El motivo estable es claro: bruja poderosa, montaña encantada, castigo a la soberbia y a la codicia.

Las fuentes abiertas añaden variantes útiles: el castigo del gobernador Bayardo Pérez Colma convertido en pavo real, menciones a Diógenes Olmedo, lecturas del tabaco como resto chamánico y la Piedra Blanca de San Miguel de Escazú como extensión del reino de Zárate. El episodio de Don Tuto, el duende y la Tulevieja encantada se integra aquí como parte del mismo complejo brujeril del Valle Central.

Referencias consultadas

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