Antes de abrir la gaveta
No busque academia aquí. Esto es habla de cocina, corredor y regaño con cariño: palabras para nombrar al atarantado, al trillo traicionero y al chunche que se fregó. Pase sin pena; si alguna lo pica, por algo será.
Mi Mama no ocupaba discurso: con una palabra acomodaba la casa, medía al visitante y dejaba al necio viendo pa’l techo.
No busque academia aquí. Esto es habla de cocina, corredor y regaño con cariño: palabras para nombrar al atarantado, al trillo traicionero y al chunche que se fregó. Pase sin pena; si alguna lo pica, por algo será.
48 dichos a la vista
Acabamiento.
Cansancio fuerte de cuerpo y ánimo después de fajarse duro. Ya no queda gasolina ni voluntad; uno solo quiere sentarse un rato y que no le pidan nada más.
Al buey por el cacho y al hombre por el bigote.
Al buey bueno se le conoce por el cacho firme; al hombre, por la palabra que sostiene aunque ya le tiemble la mano. Dicen que antes un trato podía sellarse arrancándose un pelo del bigote: si lo soltó, ya no había quite, ni abogado ni santo que lo zafara.
Al mejor mono se le cae el zapote.
Hasta el más diestro se equivoca. El mono puede conocer todas las ramas, calcular el salto y venir con cara de campeón, pero un zapote mal agarrado le recuerda que nadie nació con garantía contra la metida de pata.
Atorrante.
Vago con diploma de corredor, poco dado al oficio y muy amigo de pasar el rato. De esos que viven de tumbo en tumbo y siempre traen cara de venir cansados de no haber hecho nada.
Birringo.
Medio chueco, raro o mal entrazado; algo o alguien que se ve torcido, disparejo o fuera de forma. No necesariamente malo: apenas salido un poco distinto.
Canfín.
Queroseno de lámpara, cocina vieja y noche sin luz eléctrica. Dicen que el nombre salió de unas latas importadas que prometían ser “the best you can find”, y como aquí nadie iba a gastar inglés en media madrugada, aquello terminó sonando a canfín. Los diccionarios todavía no se casan con esa historia y otros lo arriman al viejo camphine, combustible de alumbrado. Pero en boca de casa, canfín no ocupa papeles: huele a mecha, lata, pulpería y recuerdo encendido.
Chimada.
Resentida, picada, con la espinita atravesada y la cara de “yo no dije nada”, aunque por dentro venga haciendo café con clavos. No siempre reclama; a veces solo mira como quien ya archivó el expediente.
Como gallina con huevo.
Andar inquieto, atravesado o sin hallarse, como quien carga algo que le incomoda y no sabe dónde ponerlo. Ni se sienta, ni camina bien, ni deja que los demás respiren en paz.
Condenillo.
Sinónimo de confisgado.
Confisgado.
Sinónimo de condenillo.
Cuando apague Atenea.
Nunca, pero con música de fondo. Se decía por Radio Atenea, emisora viejísima de Costa Rica que sonaba sin apagar, a toda hora y todos los días; o sea, espere sentado, con café y sin hacer planes.
Cuerdear.
Coquetear tanteando, sin quemar el rancho de una vez. Es tirar la cuerda con cara de inocente a ver si del otro lado también la agarran, y si no, hacerse el que solo estaba acomodando el mecate.
Desguabilado.
Flojo, vencido o venido abajo de su forma. Algo que perdió firmeza y quedó chueco, como silla vieja después de visita pesada: todavía sirve, pero ya no inspira respeto.
Desparampinchado.
Algo que se despapayó, se desordenó o quedó fuera de lugar. Empezó derechito y terminó todo revuelto, sin forma clara.
El Codo del Diablo.
Curva cerradísima y en cuesta, de esas donde el que abrió el trillo ya no supo si seguir, devolverse o encomendarse, y quebró el camino de un solo manotazo. Parece vuelta, pero más bien es un arrepentimiento con guindo al lado.
El Trepón de los Tres Pisuicas.
Camino demasiado empinado y sinuoso, peligroso para carreta confiada: vuelta sobre vuelta, subida brava y el guindo esperando cualquier descuido para que la carga se esfonde. Para pasarlo hacen falta bueyes buenos, freno firme y alma sin pendientes.
Esmirriado.
Flaco, débil o de poca presencia, como si le faltara sopa, sombra y una abuela que le dijera “coma, mi amor, que el viento se lo lleva”.
Escarmenear.
Desenredar, sacudir o poner en orden algo que viene hecho un nudo con patas. Se escarmenea el pelo, la lana, el asunto y hasta la excusa, si llegó muy enredada.
Hacer goyo.
Tratar de hacer memoria, revolver la cabeza a ver si aparece el recuerdo. Como quien menea un cajón viejo hasta que por fin cae la idea, entre un recibo vencido y una foto que nadie sabe de quién es.
Íngrima.
Sola, enteramente sola, sin compañía ni resguardo. Íngrima no es cualquier soledad: es quedarse como mata en potrero, con el viento preguntando y nadie contestando.
Julián Pacheco.
En algunos patios, Julián era el viento que las abuelas llamaban para secar la ropa tendida; Pacheco, el frío que se metía sin tocar puerta. Cuando llegaba Julián Pacheco, la ropa tal vez se secaba, pero uno quedaba con los dientes tocando marimba.
La vida perdurable.
Algo que toma demasiado tiempo, lerdo y cansón, como si nunca fuera a terminar. Se usa cuando una cosa viene tan despacio que ya parece castigo con calendario, recibo mensual y ganas de quedarse.
Le dio los veinte.
Lo cortó, lo mandó a caminar, le cerró el capítulo amoroso con pasaje incluido. En la memoria familiar viene de cuando el bus costaba veinte céntimos: “tome sus veinte y vea cómo se devuelve”, que es una forma muy ordenada de decir adiós sin prestar el pañuelo.
Más agarrado que mono en ventolero.
Tacañísimo. De esos que no sueltan una moneda y se agarran de lo suyo como si les fuera la vida en eso.
Más limpio que chaqueta de salonero.
Pobrísimo, sin un cinco, bien limpio de plata. Aquí limpio no es aseado: es estar pelado, planchado por la vida y con la billetera haciendo eco.
Más largo que silbido de lechero.
Largo y estirado, sobre todo en el puro sonido o en la sensación de que una cosa se va y se va sin cortarse. Como silbido de madrugada: empieza lejos, atraviesa la calle y parece que nunca termina.
Más largo que un domingo sin plata.
Larguísimo, eterno y aburrido; de esos ratos que no se acaban nunca. Como tarde vacía, bolsillo pelado y reloj con ganas de fregar.
Más salado que moco de marinero.
Muy salado, con una mala suerte que no afloja; alguien a quien todo se le tuerce, aunque se levante con buena cara y le rece al primer santo que encuentre despierto.
Más viejo que la maña de pifiao.
Viejísimo. En la casa de mi Mama, “pifiao” era como ella de niña entendía “pedir fiado”, sin saber todavía qué era lo que en realidad estaba oyendo.
Mañana oscura, tarde segura.
Refrán de corredor y cielo bajo: si el día amanecía oscuro, la esperanza era que la tarde aclarara y dejara tender ropa, ir al mandado o salir sin paraguas. No es contrato firmado por el Meteorológico; es sabiduría de abuela mirando nubes con café en mano.
Mucho rin-rin y nada de helados.
Pura hablada, mucho anuncio y poca cosa de verdad. Mucha campanita sonando, pero al final no aparece ni el carrito, ni la paleta, ni la disculpa del heladero.
No chucaree lo que está manso.
No provoque lo que está tranquilo, no le meta palo al avispero ni le busque pleito al silencio. Si la cosa viene mansa, déjela pasar; hay gente que por jugar de valiente termina estrenando carrera.
Nunca falta un zapato roto para una media remendada.
Hasta el más feo, torcido o desacomodado tiene esperanza de encontrar pareja. Siempre aparece alguien que le hace juego, aunque sea por pura misericordia del destino y porque el amor, cuando quiere, también compra en saldos.
Patatús.
Soponcio, desmayo o descompostura repentina; un yeyo de esos que lo dejan a uno sin gracia y a la familia buscando alcohol, silla y culpable al mismo tiempo.
Pisuicas.
El diablo, el chamuco, el tentador con nombre de mascarada y monte oscuro. No siempre llega echando fuego; a veces viene bien peinadito, haciendo una propuesta demasiado fácil para que salga gratis.
Quedar como cucaracha en bisagra.
Quedar entre la espada y la pared, prensado entre dos males y sin campo para salir bonito. Una situación de esas donde uno no sabe si empujar, devolverse o hacerse el muerto.
Se descocheró.
Se descompuso, se desarmó o se salió de su buen modo. Puede ser una radio, una puerta, una compu o hasta el plan perfecto que amaneció muy serio y a mediodía ya venía rodando cuesta abajo.
Se hizo coluda.
Se dice de la ropa que, después de lavarla, se estiró hacia abajo y ya no volvió a quedar bien. Entró camisa decente y salió túnica con aspiraciones de cortina.
Se hizo jetona.
La prenda se dio de sí de arriba, se abrió de la boca o quedó floja del cuello, rara y mal hecha. Uno se la pone y parece que la camisa hubiera pasado la noche hablando de más.
Se le juntó el ganado.
Se le cruzaron los enredos. La versión brava es cuando llegan varias exnovias, o peor, una ex y una actual, al mismo lugar. También sirve para compromisos, pretendientes o vueltas que se toparon sin pedir permiso.
Sentir un desconsuelo.
Parecido al acabamiento, pero más leve: una caída del ánimo y del cuerpo, como cuando a uno se le va el empuje y queda medio desinflado, pero todavía camina por pura vergüenza de acostarse tan temprano.
Ser muy poquito.
Ser escaso en cuerpo, fuerza, ánimo o sustancia; quedarse corto, casi sin darse a ver. No es insulto grande: es diagnóstico de abuela servido con cucharita.
Tirar palillo.
Echar los perros con más descaro que cuerdear: ya no solo tantear, sino ponerse en plan de conquista, con media sonrisa y bastante atrevimiento.
Todo buchón muere pelón.
El que quiere todo para él, al final se queda viendo el plato vacío. Buchón es el que acapara, jala para su saco y no deja ni el olor; pelón termina porque tanto agarrar deja a cualquiera sin nada.
Tulenco.
Renco o medio trastabillado al caminar; alguien que va como torcido o resentido de una pierna, con un paso disparejo que se nota desde lejos.
Viendo para el ciprés.
Distraído, plantado, confundido o sin saber qué hacer. Es quedarse con la mirada sembrada en algún punto lejano, mientras la vida sigue pasando al frente.
Virolo.
Callejero y amiguero, más de andar afuera que de estarse quedito en la casa. De esos que agarran calle y solo aparecen cuando ya huele a comida.
Zarcetear.
Andar de un lado para otro sin asiento, salteando vueltas y agarrando calle. Tiene más movimiento inquieto que simple vida callejera: va por una cosa, vuelve con tres cuentos y todavía dice que no ha salido.
Estos dichos no los inventó mi Mama. Los heredó. Los oyó en cocina, en misa, en visita y en vuelta de pueblo. Lo que los hizo suyos fue el momento en que los decía: justo cuando uno los necesitaba sin saber que los necesitaba.
“Un dicho bien puesto vale más que un consejo largo. Entra fácil y se queda trabajando por dentro.”
“Mi Mama no levantaba la voz. Lanzaba un dicho y ya. El silencio que seguía hacía el resto del trabajo.”
“Hay frases que uno entiende de niño como se puede, y las termina de entender de viejo, cuando ya no hay a quién agradecérselas.”