El Sombrerón

Bajitico, elegantón, con un sombrero tan ancho que le sombrea la cara y tapa las intenciones. Por eso la gente nunca le ve bien los ojos, y cuando los ve, ya es demasiado tarde.

Cómo lo describen

Bajitico, no más de metro y medio. Traje negro como de domingo de entierro, botines lustrados que parecen espejo, y un sombrero de ala anchísima que le cubre media cara. Anda acompañado, siempre: mula negra, caballo negro, perro negro. Como si necesitara testigos. O coartada. Nunca va solo al trabajo.

Trae guitarra. Canta bonito. Ese es el detalle que parece inofensivo y es el más peligroso de todos. Porque al Sombrerón no se le reconoce por la fealdad, se le reconoce por el encanto. Y el encanto, en el campo, siempre fue cosa de cuidado: lo que entra por los oídos puede salir costándole a uno el alma, si uno se descuida.

Lo peligroso no es lo que se ve feo. Lo peligroso es lo que se ve tan bonito que uno deja de preguntar de dónde salió.

Cómo lo cuenta la tradición

Las versiones más persistentes lo cuentan así: aparece de noche cerca de casas donde hay una muchacha joven. No entra ni golpea. Llega al frente con mula o caballo negro, desenvaina la guitarra y empieza a cantar. Canta bonito. Eso es lo que hace primero: cantar.

La primera noche, la muchacha oye la música desde adentro y no sale. La segunda, ya está más cerca de la ventana. La tercera, ya le está respondiendo. Ahí empieza el daño: él no busca respuesta de palabras sino que le abran un portillo en la voluntad. Cuando eso ocurre, el encanto está hecho. La muchacha deja de comer, de dormir, de hablar con la familia. Solo escucha hacia afuera.

En la tradición centroamericana, Guatemala es donde más documentado aparece, pero su figura cruzó fronteras desde hace generaciones. Las versiones que le dan origen lo presentan como un hombre condenado: seductor que usó el encanto y la música sin intención de quedarse ni de pagar lo que prometía. Algunas versiones lo muestran triste, casi involuntario. Pero el daño que hace es el mismo, con pena o sin ella.

No siempre el que lastima lo hace con malicia. A veces lo hace por costumbre. Y la costumbre es peor, porque no aprende.

A quién busca

Busca muchachas de trenza larga y ojos inquietos. No cualquiera: busca a la que está soñando despierta, a la que está cansada de lo que tiene en casa, a la que ya no le alcanza lo cotidiano. El Sombrerón huele ese hambre. No el hambre de estómago, esa no le interesa, sino el hambre de ser vista. Y ahí aparece, guitarra en mano, a cantarle a la ventana como si fuera la única mujer del mundo.

Le trenza el pelo. Le canta serenatas. Le enamora a los animales de la casa primero: al perro, al caballo, al gato. Cuando la casa entera anda distraída, él se le acerca y le hace la pregunta que nunca debía contestar: “¿Y vos, querés venirte conmigo?” Muchas dicen que sí. Pocas vuelven. Las que vuelven, ya no son las mismas.

Lo que deja a su paso

El Sombrerón nunca se queda. Ese es su oficio: la seducción sin quedarse. Enamora, trenza, canta, y en la madrugada ya se fue. Deja dos cosas. Primero, a la muchacha con la mirada fija en la ventana como esperando que él vuelva. Nunca vuelve. Segundo, a las bestias de la casa trenzadas también: las crines del caballo, la cola del perro, hasta el gato con moñitos en los bigotes.

Los abuelos, cuando veían trenzas que nadie en la casa había hecho, ya no discutían. Cortaban cabello, rezaban, bañaban a la muchacha con agua de siete yerbas, y le pedían a la madre que no la dejara sola por un tiempo. Sabían que el daño estaba hecho, pero también sabían que el daño se podía caminar. No se podía borrar, pero se podía caminar.

Las serenatas que uno recuerda toda la vida no siempre son las que dejaron casa. A veces son las que dejaron boquete.

Lo que esta historia deja ver

El Sombrerón no parece el diablo. Parece algo más sutil y por eso más peligroso: es la promesa mal hecha con buena música de fondo. Es todo lo que brilla pero no tiene dónde echar raíces. Es el hombre que ofrece lo que no puede entregar, y lo ofrece con tanto arte que la otra persona no se da cuenta del truco hasta el día después.

En las versiones más viejas, era una advertencia para mujeres jóvenes en tiempos en que un embarazo fuera del matrimonio podía arruinar una familia entera. Pero el aviso es más ancho que ese tiempo. Vale para cualquiera que esté soñando con una salida rápida de su vida. El Sombrerón nunca se va: lo que se va es el nombre.

Cómo saber si anda por ahí

Los viejos enseñaban tres señales. Primero, los animales de la casa se ponen nerviosos antes de que él llegue. Segundo, aparece música donde no hay músicos: una guitarra que uno oye a lo lejos pero que no sabe de dónde sale. Tercero, las jóvenes de la casa empiezan a arreglarse sin motivo. De un día para otro, se peinan mejor, se ponen el vestido bueno, caminan distinto. Eso es lo más delicado de notar, porque parece algo bueno.

La contramedida, dicen, era también triple. Rezar, sí. Pero antes: hablar. Sentarse con la muchacha y preguntarle qué está soñando. Porque el Sombrerón entra por los sueños no conversados. Donde hay conversación, le cierran la puerta. Y después: trabajo. Manos ocupadas, mente aterrizada, casa llena de gente. Al Sombrerón no le gustan las casas llenas. Prefiere las ventanas solas.

La mejor protección contra el encanto ajeno no es el rezo ni la valentía: es una conversación honesta con la gente que uno quiere. El diablo, cuando entra, entra por el silencio, nunca por el ruido.

Lo que quedó apuntado

Aquí se arriman dos huellas: la que quedó bien apuntada en libros y estudios, y la que todavía anda de pueblo en pueblo con menos papel encima. Guáncher no las obliga a calzar igual. En Costa Rica una leyenda puede cambiar de camino sin dejar de ser verdadera para quien la heredó.

En esta página, Guáncher pone la candela, la malicia campesina y la imagen cantable; las fuentes ponen el freno documental para no vender como certeza lo que la tradición conserva como variante.

Referencias consultadas

La canción

La letra no lo juzga: lo describe. Porque el que juzga demasiado rápido al Sombrerón no entiende por qué tanta gente, viéndolo venir, le abrió la puerta igual.

Estrofa · El Sombrerón

Vino menudito, con su sombrerote,
cantando en la calle de atrás.
Trenzó las crines del caballo del vecino
y a mí me trenzó la paz.
No le vi los ojos, nunca se los vi;
y por eso le creí.
Hoy que ya no canta, hoy que ya se fue,
la casa suena a lo que no sé.

La canción cierra con la muchacha peinándose ella sola, por primera vez en mucho tiempo, frente al espejo. No es triunfo. No es derrota. Es otra cosa: es el regreso a su propia mano.

Todavía anda por aquí

El Sombrerón de ahora ya no siempre trae guitarra. A veces trae atención exacta, mensaje bonito y horario perfecto para agarrar a alguien con la rendija abierta.

La cosa no es desconfiar del amor. La cosa es no confundir encanto con cuidado.

No toda serenata merece ventana.

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