El Padre sin Cabeza

Camina con sotana, con breviario y con paso seguro. Le falta lo que más le pesaba: la cabeza, y con ella el juicio que dejó de usar a tiempo.

Cómo aparece

Aparece en los caminos que van a las iglesias viejas, esas de tapia de adobe y campanario chueco. Lo ven a media noche, cuando el pueblo ya apagó las luces y solo queda el ladrido lejano de un perro que ni él sabe a quién le ladra. Viene caminando despacio, con la sotana negra hasta los tobillos, el breviario abierto en una mano, y la otra mano como si fuera buscando algo en el aire. Algo que antes tenía y que ya no tiene.

Lo más raro no es que le falte la cabeza. Lo más raro es que camina como si todavía viera. Dobla en las curvas, esquiva las piedras, se persigna al pasar por la cruz del camino. Algunos dicen que murmura latines. Otros dicen que suspira. Tal vez hace las dos cosas, pero en orden distinto cada noche.

Un cura sin cabeza sigue siendo cura. La vocación no se pierde por decapitación, se pierde por descuido. Y a este señor descuido no le sobró.

Cómo lo cuentan los viejos

Hay varias versiones. La más vieja dice que fue un sacerdote que rompió el secreto de confesión: que entregó al enemigo lo que le dijeron de rodillas, y que por eso lo castigaron. Dicen que lo mataron los mismos vecinos, a filo de machete, y que desde entonces camina sin cabeza porque el castigo eterno es cargar todo el cuerpo menos la parte que falló.

Otra versión, más suave, dice que fue un padre que se enamoró de una mujer del pueblo, y que en lugar de escoger entre los dos caminos, quiso tenerlos ambos. Quiso dar misa y querer a la muchacha. La vida, que no regala favores de ese tamaño, se cobró la cabeza con un accidente raro: un rayo en la torre del campanario. Y desde ahí camina buscando decidir, aunque ya no tenga con qué.

La tercera versión, quizá la más brava, dice que fue un cura bueno. Que hizo todo bien. Que confesó, bautizó, casó y enterró a un pueblo entero sin cobrar un colón de más. Y que un día, de pura humildad, le dijo al Padre Eterno: "quítame la cabeza, Señor, que yo ya no necesito pensar para amar". Y el Padre Eterno, que a veces toma literal lo que le dicen, le tomó la palabra.

Qué representa este cura

El Padre sin Cabeza representa dos cosas a la vez. Primero, la culpa del oficio: la de quien tiene poder espiritual y, por un ratito, olvidó para qué servía. La cabeza es el símbolo del juicio, y quien pierde el juicio mientras ejerce oficio sagrado queda marcado para siempre, aunque nadie vea la marca.

Segundo, representa la fe que sigue aunque el entendimiento se haya acabado. Porque él sigue rezando sin cabeza. Sigue caminando por el mismo camino que le enseñaron de novicio. Sigue cargando el breviario aunque no pueda leerlo. Eso es, en cierto modo, la versión más pura de la fe: seguir haciendo lo correcto cuando ya no queda razón para hacerlo.

Hay quien necesita cabeza para creer. Hay quien la perdió, y sigue creyendo mejor. De los dos, no sé cuál da más envidia.

Por qué no da miedo, da tristeza

La gente joven del pueblo le tiene miedo, pero los viejos no. Los viejos, cuando lo ven venir, se quitan el sombrero, se persignan, y dejan que pase. Saben que no va hacerles daño. Saben que va para otro lado, a un asunto que empezó antes de que ellos nacieran y que tal vez ni él recuerde cómo terminar.

Esa es la verdad de la leyenda: no asusta por lo que le falta, asusta por lo que, aun sin cabeza, todavía busca. Un hombre que ya no puede mirar pero sigue caminando es un espejo bravo para cualquier adulto honesto. Porque todos, en algún momento, hemos perdido la cabeza por algo, y hemos seguido caminando como si nada, rezando en voz baja para que nadie se dé cuenta.

La versión cantada

Guáncher le escribió al Padre sin Cabeza una canción en tono menor, con guitarra criolla y un coro muy bajito, casi susurrado, como si fuera rezo. La idea de la letra no es describir al cura ni juzgarlo. La idea es caminar con él un tramo, como se camina con un vecino anciano que ya no habla mucho pero todavía agradece la compañía.

Estrofa · El Padre sin Cabeza

Padrecito, préstame el paso,
que yo tampoco ando entero.
Usté perdió la cabeza en un rayo;
yo la perdí por querer lo que no quiero.

Camine, que la noche es larga,
camine, que el alba no tarda,
y si a mitad del camino se cansa,
yo le sostengo el breviario y el alma.

La canción no intenta explicar el milagro, no intenta describir el horror. Solo ofrece lo que, en buena ley, cualquiera necesita alguna vez: compañía sin preguntas. Al final el narrador se queda quieto, el padre entra y se pierde entre las cruces. El narrador no sale detrás. El narrador respeta.

Un consejo de camino

Si alguna noche, volviendo de la cantina o de la finca, usted se encuentra al Padre sin Cabeza en el camino, no salga corriendo. Él no corre, él camina. Y no va detrás de usted: va detrás de sí mismo. Lo que debe hacer es hacerse a un lado, quitarse el sombrero si tiene, decirle en voz baja "buenas noches, padre", y dejar que pase.

Si quiere, rece lo que sepa. Si no sabe rezar, piense en alguien a quien le debe una disculpa. Le servirá de igual manera. El Padre sin Cabeza no necesita latines: necesita testigos. Y cada vez que alguien lo deja pasar con respeto, un pedacito de su castigo se hace más corto. Eso dicen los viejos, y vale creerles.

La compasión también cuenta como fe. La más barata, la más difícil, y la que se olvida primero.

Todavía anda por aquí

El Padre sin Cabeza sigue andando donde la autoridad habla bonito y vive chueco.

No da rabia solo por hipócrita. Da rabia porque quiere seguir guiando con la conciencia apagada. Por eso esta leyenda no pide hacerse el vivo; pide ojo.

El problema no es perder la cabeza. El problema es seguir mandando sin ella.