La Tulevieja

El pantano también guarda rabia, y la guarda con la paciencia de un árbol. No grita. Espera. Y cuando cobra, cobra parejo.

Dónde vive

Donde el agua se cansa de correr, ahí vive. En los esteros de baja pendiente, en los pantanos que huelen a hoja podrida, en los bajos de caña donde la tierra está medio blanda, medio firme, como decisión a medio tomar. No la busque por donde hay corriente: la corriente espanta rencores, y ella es rencor hecho persona.

Le gusta el lugar donde el zancudo entra sin permiso y la luna se ve reflejada en agua que no se mueve. Le gusta el canto de las ranas toro, que hace de música, y el silbido del viento entre las cañas, que hace de conversación. Ella camina por ahí como si fuera dueña, y en cierto modo lo es.

A la Llorona le tocaron los ríos. A la Tulevieja le tocó lo que no corre. Y todos sabemos cuál de las dos aguas esconde más peso.

Lo que documenta el campo

La tradición costarricense la describe con sombrero de tule, rostro de vieja, patas de ave, alas de murciélago y pechos hinchados de una maternidad que quedó rota. No es horror gratuito: cada deformidad señala algo que el cuento quiere poner a la vista.

Las versiones cambian. En una, fue mujer vanidosa que prefirió ahogarse antes que perder el sombrero. En otra, castiga a hombres lujuriosos. En la más difundida, fue una muchacha avergonzada por un embarazo y condenada a buscar al hijo que no cuidó. La Llorona llora lo que hizo; la Tulevieja vaga buscando lo que no hizo.

Por qué no la hago monstruo

Es fácil cantarla como monstruo. Es más difícil cantarla como lo que es: una persona que quedó atrapada en el castigo de un pecado que, para empezar, no cometió sola. Detrás de cada Tulevieja hay un hombre que no se hizo cargo, una familia que corrió a juzgar antes que a ayudar, y un pueblo que volvió una tragedia puro chisme.

No la saco limpia del todo, porque lo que hizo dolió. Pero no puedo dejar de notar que, en el cuento como todo el mundo lo repite, ella carga todo y ninguno de los demás carga nada. La canción, entonces, se mete entre los tules no a espantarla, sino a preguntarle quién más tendría que estar en ese pantano y no está.

Donde hay una Tulevieja, hay por lo menos tres cobardes que se salieron del cuento a tiempo.

El sombrero de tule

Ese sombrero no es disfraz. Es protección. La Tulevieja aprendió que, cuando a una le cambia la cara, es mejor esconderla antes de que el pueblo se arme un nuevo chisme. El tule es material humilde: crece donde nadie lo siembra, aguanta agua y sol, se teje solo. Perfecto para alguien que necesita un techo portátil.

Guáncher toma el sombrero como símbolo de todos los sombreros que las mujeres se han tenido que poner para no ser vistas mal: la cabeza baja en la iglesia, la sonrisa apretada en el bus, el “gracias” dicho en voz bajita cuando les silban. La Tulevieja usa tule. Otras usan lo que encuentran.

El canto que imita al niño

Dicen que la Tulevieja llora como niño perdido. Una la oye a media noche, y si es madre, el corazón se le parte antes de que el cerebro reaccione. Sale corriendo al monte detrás del llanto, pensando que es un chiquito que se perdió. Y ahí ya está la Tulevieja esperando, porque el llanto era carnada y la madre era la pesca.

Eso es lo más triste de la leyenda: que ella usa de trampa lo mismo que la llevó a ser lo que es. Como si no pudiera separarse del dolor ni para descansar. Guáncher canta esa parte en tono bajo, casi hablado, porque hay crueldades que no merecen melodía: solo crónica.

Hay pantanos que no nacen del agua. Nacen de la vergüenza mal repartida.

Lo que quedó apuntado

Gagini ya la traía en su diccionario de 1892, con esa grafía y con la otra, Tulivieja. Las versiones varían: unas se quedan con el sombrero de tule, otras con los pechos chorreando leche, otras con el hijo que se le fue en el agua. Eso sí, no la meta en el mismo saco que a La Llorona: las dos lloran a un hijo, pero ni se ven igual ni regañan igual.

Hay quien le busca raíz indígena y la acerca a figuras bribris como Itsö o Itsa’, o a la variante ngäbe Tepesa; el Diccionario de Mitología Bribri de Carla Victoria Jara Murillo (Editorial UCR, 2002) es el lugar donde eso se puede ir a revisar en serio. Guáncher la mantiene cerca de La Llorona para compararlas, pero no las aplana: la Tulevieja tiene su propio cuerpo, su propio castigo y su propio pantano.

Referencias consultadas

Versos al aire

Esto no pretende reescribir la leyenda. Sería falta de respeto. Lo que hace es añadir algo que los abuelos no pusieron: un momento en que el narrador le dice a la Tulevieja una sola frase.

Apunte de libreta · La Tulevieja

Yo no vine a sacarte del barro, señora,
porque el barro también tiene derecho a sus dueños.
Solo vine a decirte que el hombre que se fue
no fue más valiente que vos. Fue más cobarde.

Después de eso, el narrador se devuelve. La Tulevieja no contesta. Por eso termina ahí.

Lectura del monte

La Tulevieja también carga otra cosa: el monte que ya se cansó de aguantar con lo que el ser humano tira adentro. Cada vez que se echa veneno al río, cada vez que se tala un roble viejo sin pedir perdón, cada vez que se deja un potrero hecho basurero, el pantano se hace un poco más grande. Y la Tulevieja se hace un poco más vieja. Y más tulevieja.

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