Quién es
En Costa Rica, a los espíritus del bosque se les dieron varios nombres. Guáncher se queda con el que mejor suena a patio, cafetal y monte vivido: el Dueño 'e Monte. Los del sur lo tuercen distinto, los guanacastecos le dejan otra música, pero la figura es la misma: un hombre de altísima estatura, vestido con hojas o con barba hasta los pies, que aparece entre los árboles cuando alguien entra al monte sin respeto.
No es diablo. No es fantasma. Es algo anterior a esas palabras. Los viejos decían que era el encargado de cuidar el monte, puesto por alguien más grande que él, y que su trabajo no era castigar sino recordar. Recordarle al humano que el bosque no es despensa infinita, que los árboles no son palos esperando hacha, que el agua de la quebrada tiene dueña y el canto del pájaro tiene oído que lo escucha.
Qué hace cuando se enoja
No se enoja rápido. Tiene la paciencia del árbol grande, que deja pasar años antes de tomar en cuenta lo que el humano le ha hecho. Pero cuando se harta, cobra. No mata — rara vez mata, dicen los viejos — sino que desorienta. El leñador que cortó un roble sin pedir permiso se pierde en el mismo monte que conoce de toda la vida. Camina horas en círculo, reconociendo las mismas piedras, oyendo los mismos pájaros, sin poder salir. Hasta que pide perdón en voz alta. Entonces el monte se abre y lo deja volver a casa. Pero ya no es el mismo. Algo le quedó adentro.
A veces, al cazador que disparó sin necesidad — que mató por matar, no por comer — le aparece un venado blanco. Un venado demasiado blanco, con ojos demasiado quietos. El cazador le apunta, pero no puede disparar. Se le traba el dedo. El venado lo mira un buen rato, y después se va despacio. Al volver a casa, el cazador ya no es cazador. Guarda la escopeta en el cuartito de atrás y nunca más la saca. Nadie tiene que explicarle nada. Entendió solo.
Qué hace cuando lo respetan
Los campesinos viejos sabían las reglas. Antes de entrar al monte a trabajar, se quitaban el sombrero y decían en voz alta "con permiso, don", aunque nadie contestara. Cuando tenían que cortar un árbol, le explicaban al árbol primero, despacio, por qué necesitaban cortarlo. Cuando tomaban agua de la quebrada, agradecían. Cuando comían fruta de un palo silvestre, dejaban alguna semilla enterrada cerca, como pago.
A esos, el Dueño 'e Monte los premiaba sin que se dieran cuenta. Les aparecían más cargas de leña de lo que habían contado. El ganado se los trataba con respeto. Nunca se perdían en el bosque, aunque fueran noches sin luna. Y cuando morían, morían en su cama, con la gente al lado, y con el ruido de los grillos como música. Un buen final, que en esos tiempos no era poca cosa.
Lo que yo veo en esto
Esta leyenda me parece de las más importantes de todas las del país. No por dramática — no lo es — sino por silenciosa. En un país donde todo el mundo tiene opinión sobre el clima, sobre el presidente, sobre el precio del café, el Dueño 'e Monte no dice nada. Solo mira. Y esa mirada, callada, vale por diez sermones.
Es también la leyenda que más me duele, porque es la que el tiempo está convirtiendo en profecía cumplida. Cuando el bosque desapareció de un cerro entero, el Dueño 'e Monte no desapareció: se mudó más arriba. Pero cada vez hay menos arriba donde mudarse. Y una persona común y corriente, parada frente a un potrero pelado donde antes había bosque, si se queda callada un ratito largo, puede sentir que alguien la está observando todavía. Algo se quedó. No todo se tala.
Cómo comportarse en el monte, según quien lo conoce
Entrar con humildad: el que entra gritando sale pronto con problema. Tomar solo lo necesario — fruta que se come, madera que se usa —. Lo demás se deja. El Dueño 'e Monte no lleva cuenta en cuaderno, pero lleva cuenta.
Si el bosque se queda raramente silencioso, mejor dar media vuelta y volver otro día. Y al salir, decir "gracias, don" en voz baja. Aunque nadie escuche. Todo lo que se recibe sin agradecer se paga después con intereses.
La canción
El Dueño 'e Monte aparece cuando tratamos el bosque como finca propia.
La enseñanza cabe en una frase campesina: no somos dueños del monte; somos visita.
Guáncher le escribió al Dueño 'e Monte una canción muy lenta, con guitarra criolla afinada grave, casi solo bajos, y una quena que entra de vez en cuando. No hay estribillo pegadizo. La canción se parece al bosque: va y viene, no tiene apuro, se deja atravesar por silencios.
Don del monte, yo no vine a tomar de más;
vine a tomar lo que me aguanta el día.
Si algún árbol me cae en las manos,
le juro que mañana siembro dos más.
Si alguna quebrada me presta su canto,
le juro que no le tiro basura.
Y si algún día me equivoco, y le fallo,
no me castigue feo: castígueme justo.
La canción termina con la guitarra sola, sin palabras, porque después de esa última línea no hay nada más que decir. La palabra "justo" cierra la conversación. Y el bosque, en la grabación, parece respirar hondo.
Todavía anda por aquí
El Dueño 'e Monte sigue respirando cada vez que tratamos el bosque como si fuera patio prestado para ensuciar.
No hace falta volverlo sermón. Basta acordarse de que uno entra al monte como visita.
Lo que dejaban los viejos
Cuando los abuelos contaban al Dueño 'e Monte, la casa se llenaba de árboles invisibles. El corredor se volvía vereda, el patio se volvía montaña y uno entendía que el mundo no terminaba en la cerca de la familia. Había una autoridad más vieja que el pueblo, más paciente que el gobierno: la del monte mismo, que todo lo ve crecer y todo lo ve arruinarse.