El Duende

Chiquito, descalzo, con un sombrero más grande que él y una flauta de carrizo. No viene a hacerle daño al alma; viene a probarle el temple a quien todavía no encontró su centro.

Cómo lo describen los viejos

No mide más de medio metro. A veces menos. Aparece con ropa vistosa: traje de colores, botas que no suenan, gorro o sombrero más grande que su cabeza. En varias versiones tiene barba aunque parezca niño. Sus huellas, cuando las deja, no son de pie humano: son como las de un ave, con tres dedos hacia adelante. Por eso los viejos, cuando encontraban huellas raras en el barro húmedo de la cocina, no tenían que preguntar.

En algunas comunidades, especialmente en Guanacaste y la ruralidad central, también se habla de los cipes: seres emparentados con el duende, niños pequeños con barbas blancas que comen ceniza de la cocina y desordenan la casa sin mostrarse. Gagini los registraba desde 1919. La diferencia entre duende y cipe no siempre es clara en el campo. Hay familias que los usan como la misma palabra, pero ambos comparten el mismo oficio: vivir en el borde entre la casa y el monte, y cobrarle al descuido.

Los males grandes dan testimonio. Los males chiquitos dan paciencia. Y hay una ciencia exacta en saber cuál de los dos nos está tocando hoy.

Qué hace el Duende

Cosas chiquitas. Esa es su especialidad. Esconde una herramienta que uno acababa de dejar en el mismo sitio. Afloja los nudos de los lazos. Hace silbar las ollas antes de tiempo. Enreda el pelo de los caballos en moñitos imposibles. Se roba una moneda de la mesa y la deja aparecer, tres días después, dentro de un zapato. Nunca grandes cosas. Chiquitas. Pero tantas, una detrás de otra, que al que las aguanta le cambia el humor.

El Duende no quiere matar a nadie ni llevarse un alma al infierno. Esas son ambiciones de otros señores más solemnes. El Duende quiere otra cosa: quiere que uno se desespere. Quiere que uno le pegue a la pared, que grite, que maldiga, que se pelee con la esposa por una llave perdida que él escondió arriba de la viga. Su trabajo es sacar al humano de su centro, y verlo desde lejos, riéndose.

A quién elige

No anda eligiendo al azar. Los viejos decían que el Duende se fija en la gente enamorada: cuando un muchacho está empezando a querer a una muchacha, el Duende aparece como rival. Le hace travesuras de celoso: le esconde las flores que llevaba de regalo, le empuja en el baile, le hace tropezarse en la plaza. Parece chiste, pero en el fondo es una prueba: el que aguanta al Duende sin perder la paciencia, gana al amor. El que se desespera y se pelea, pierde.

También le gustan los niños. Pero no para hacerles daño: para jugar con ellos. Los niños lo ven, lo oyen silbar con su flauta de carrizo, le siguen la risa. Los adultos no. Por eso cuando una mamá oye al niño riéndose con nadie en el rincón, y le pregunta “¿con quién hablás, mi amor?”, el niño contesta “con el amigo chiquito”. Ahí la mamá se queda callada. Los viejos sabían que eso no se contesta.

Por qué le tiene cariño

El Duende a Guáncher le cae simpático. No porque apruebe las travesuras, sino porque respeto el oficio. En un panteón de leyendas donde todo es tragedia, culpa, castigo, muerte, el Duende es el único que se toma en serio el derecho a jugar. Es un recordatorio de que el monte no es solo un lugar de miedos: también es un lugar de risa. De juego. De travesuras que duran siglos.

Además, para Guáncher el Duende enseña una cosa importantísima: que la paz de uno no se defiende quitando las cosas que molestan, porque el Duende las vuelve a poner apenas uno voltea la espalda, sino aprendiendo a no perder el centro cuando las cosas molestan. El Duende es un maestro del desquicio chiquito, y el alumno que pasa el curso es el que aprende a reírse de su propia desesperación antes de que ella se coma la tarde.

El que no aprende a reírse de las llaves perdidas, va a tener una vida corta de paz. Y el Duende, sin saberlo, le está dando clases gratis.

Lo que se hace cuando uno lo siente

Los viejos tenían métodos. Colgar un espejo en la entrada del rancho, porque el Duende no soporta verse reflejado, no por fealdad, sino porque al verse el reflejo se le para la risa y pierde la gracia. Echar un puño de granos de arroz en un rincón, porque tiene la manía de contarlos uno por uno y se le va la noche entera en eso, dejando tranquila a la familia. Rezarle a San Antonio cuando algo desaparecía, porque San Antonio y el Duende tienen, al parecer, un acuerdo viejo.

Pero el método más eficaz, según los que sabían, era otro: reírse con él. En vez de maldecir cuando aparecía la travesura, decirle en voz alta “bueno, chiquito, ¿otra vez vos?” y seguir con el trabajo. Al Duende no le gusta el humano que lo toma en broma. Le gusta el humano que se enoja. Quien le responde con buen humor le quita la diversión, y se va a buscar casa más sensible.

La canción

Guáncher le escribió al Duende una canción en compás ligero, con flauta de carrizo y percusión de madera seca. La letra es más alegre que la mayoría de sus canciones, porque le parecía que al Duende no se le puede cantar desde el llanto. Se le canta desde la sonrisa cansada del que ya aprendió.

Estribillo · El Duende

Escondeme las llaves, chiquito,
escondeme el sombrero si querés.
Pero dejame el humor, dejame la risa,
que sin ellos no me divierto con vos.

Porque si yo me enojo, ganás;
y si yo me río, perdés.
Así que elegí bien, chiquito del monte,
a ver a quién le hacés trampa esta vez.

La canción no lo espanta. Lo invita. Para Guáncher, el Duende no es un enemigo que se derrota: es un compañero incómodo que se aprende a llevar. Y que, con los años, uno hasta lo extraña cuando no aparece.

Todavía anda por aquí

El Duende de hoy casi siempre entra por la bulla menuda: interrumpe, te saca del centro y después se hace el inocente.

No se espanta a gritos. Se espanta recogiendo la mente, apagando el ruido y volviendo al cuerpo antes de que la casa se termine de revolver.

Hay duendes que entran por la ventana; otros se meten por el puro ruido.