La cortesía del engaño
Hay mentiras que pegan porque vienen con buenos modales. La Cegua es maestra en eso: no llega gritando, no llega oliendo mal. Llega parada en una curva del camino, con el vestido impecable, los zapatos limpios y la mirada caída hacia el hombro, como si estuviera esperando que alguien la saque de un apuro que ella misma se inventó.
Los hombres de caballo fino se le detenían con cara de héroe. Los de caballo regular también. Los de pie le ofrecían de tomar agua del guacal. Todos caen igual, porque la trampa no está en ella: está en la vanidad del que se siente muy macho como para no ayudarla.
Cómo aparece: lo que documenta la tradición
La Cegua —también llamada Segua o Tzegua según la región— aparece primero como una mujer joven y extraordinariamente hermosa. Cuerpo esbelto, modales delicados, mirada que parece buscar auxilio. Casi siempre está sola en un camino oscuro, pidiendo que la lleven a algún punto del trayecto. Su voz es suave, su actitud es modesta. Todo en ella parece genuino.
Cuando el hombre que la lleva intenta aprovechar la situación —cuando lo que guía ya no es cortesía sino deseo— ella gira el rostro. Y ahí termina la historia de la muchacha bonita. Lo que aparece en su lugar es una cara de caballo: quijada larga, dientes amarillos, ojos grandes y fijos sin parpadear. En algunas versiones es una calavera equina. En otras, el cuerpo sigue siendo de mujer, pero el rostro ya no tiene nada humano. El hombre que sobrevive al susto queda marcado. Algunos enloquecen. Otros llegan a la casa sin poder hablar. Ninguno cuenta la historia completa.
El origen que la tradición le atribuye varía. En las versiones más antiguas fue una mujer orgullosa que maltrató a su madre o vivió en pecado; la maldición la dejó atrapada en esa forma intermedia de belleza y horror. Carlos Gagini ya la registraba como Cegua en 1892, y Fabio Baudrit la publicó entre 1909 y 1916. Alberto Cañas la llevó al teatro con el nombre de La Segua. La figura es de toda Centroamérica —en Nicaragua y Guatemala aparece como Siguanaba o Siguamonta— pero en Costa Rica se arraigó con nombres propios: Cegua en el Valle Central, Segua en otras zonas, Tzegua en el habla más antigua.
Cómo lo cuenta la gente de antes
La gente de Guanacaste la cuenta así: un jinete venía de cantina, con el sombrero un poco torcido y el corazón más torcido todavía, pensando en mujer ajena, en pleito viejo o en algún trato sucio. Se le aparecía una muchacha bellísima, callada, como salida del monte limpio.
El hombre, por pura educación interesada, le ofrecía un lugar en el anca del caballo. Ella decía que sí con los ojos y se subía sin rozar. Iban un rato en silencio, ella pegada a su espalda, él oliendo el perfume y armando en la cabeza la historia que ya iba a contar a los amigos.
Como a la media legua, justo donde el camino se hace más solo, el hombre, creyendo que ya era hora de mirar con más atención, se volvía a ver la cara de su compañera. Y ahí ya era tarde: lo que estaba detrás de él no tenía cara de muchacha. Tenía cara larga, dientes de caballo viejo, ojos sin parpadear. Y eso que estaba agarrado a su cintura ya no eran manos bonitas: eran garras de monte sin perdonar.
Las versiones modernas la trasladan del caballo al automóvil o a la moto. Misma muchacha en la misma curva oscura. El vehículo cambia; la cara de caballo no.
Qué pasa con el que sobrevive
La Cegua casi nunca mata. Eso sorprende. Le tocaría, por todo lo que asusta, dejar al hombre tieso en el camino. Pero no: lo deja vivo, y eso es justamente el castigo. Lo baja del caballo, lo revuelca en zacate, lo deja temblando, y la Cegua se le devuelve al monte sin una palabra.
El hombre llega a la casa con los calzones mojados, sin poder explicar, sin querer explicar. No cuenta la historia completa a nadie. Se la queda él, como piedrita en el zapato, para el resto de la vida. Desde ese día, cuando ve una muchacha bonita sola en un camino, ya no se siente héroe. Se siente pequeño.
Por qué no la convierto en chiste
En muchas versiones modernas, La Cegua es excusa para reírse de los mujeriegos. Aquí no va por ahí. No porque la risa estorbe: al contrario. Pero la Cegua no es broma. Es la figura de lo que pasa cuando tratamos a otra persona como objeto de uso, como trofeo, como cuento que le vamos a contar al amigo.
En la canción de Guáncher, la Cegua habla poco. El que más habla es el jinete, hasta que no queda nada de él sino el eco.
La Cegua como espejo
La gente de antes decía: “si no cargás nada sucio, la Cegua no te ve”. Y es posible que sea verdad. La Cegua necesita vanidad para prender. A un hombre que va humilde, pensando en su casa, en su mujer, en su chiquito con fiebre, ella no le llama la atención. No porque sea santo: porque está ocupado siendo humano.
En cambio, al que va con ansias, con sed de conquista, al que mira toda mujer como si fuera paisaje, la Cegua le salta como trampa de campo. Y lo que le muestra, al final, cuando le quita la cara bonita, es exactamente la cara que él andaba poniéndole a las demás mujeres en la cabeza.
Esa es la inteligencia profunda de esta leyenda: el monstruo no está en ella. Está en la forma en que él la miró primero.
Fragmento de la canción
La vi parada donde el camino se tuerce,
con los ojos quietos y el silencio puesto.
Le ofrecí mi caballo sin preguntarme
por qué me latía el pecho con tanto ruido.
Ay, Cegua, no me enseñés lo que ya sabía,
que anduve soberbio por donde no debía.
Un consejo para viajeros de noche
Si uno se cruza con una muchacha sola en un camino oscuro, lo primero no es pensar si será la Cegua. Lo primero es pensar si uno, en ese momento, está siendo buena persona. Si la respuesta es sí, todo bien: uno saluda, sigue y ya. Si la respuesta es no, conviene cambiar la pregunta antes que cambiar de camino.
La Cegua, al final, no es un personaje que venga de afuera. Es más bien una vara de medir, disfrazada de mujer bonita, que la vida se inventó para recordarle al hombre que la dignidad ajena no se negocia por apuros propios.
Todavía anda por aquí
La Cegua de ahora aparece donde el ego ya venía pidiendo aplauso.
No hay que culpar a la cara bonita. El susto casi siempre sale de la historia que uno se armó solito.