La cortesía del engaño
Hay mentiras que pegan porque vienen con buenos modales. La Cegua es maestra en eso: no llega gritando, no llega oliendo mal. Llega parada en una curva del camino, con el vestido impecable, los zapatos limpios y la mirada caída hacia el hombro, como si estuviera esperando que alguien la saque de un apuro que ella misma se inventó.
Los hombres de caballo fino se le detenían con cara de héroe. Los de caballo regular también. Los de pie le ofrecían de tomar agua del guacal. Todos caen igual, porque la trampa no está en ella: está en la vanidad del que se siente muy macho como para no ayudarla.
La belleza no engaña. Lo que engaña es el cuento que uno se arma cuando la belleza le presta atención.
Lo que documenta la tradición
La Cegua, también llamada Segua o Tzegua según la región, aparece primero como una mujer joven y guapísima. Casi siempre está sola en un camino oscuro, pidiendo que la lleven. Su voz es suave, su actitud es modesta. Todo en ella parece genuino.
Cuando el hombre que la lleva intenta aprovechar la situación, cuando lo que guía ya no es cortesía sino deseo, ella gira el rostro. Y ahí termina la historia de la muchacha bonita: lo que aparece en su lugar es una cara de caballo. El origen cambia de pueblo en pueblo; el mecanismo no.
Cómo lo cuenta la gente de antes
La gente de Guanacaste la cuenta así: un jinete venía de cantina, con el sombrero un poco torcido y el corazón más torcido todavía, pensando en mujer ajena, en pleito viejo o en algún trato sucio. Se le aparecía una muchacha bellísima, callada, como salida del monte limpio.
El hombre, por pura educación interesada, le ofrecía un lugar en el anca del caballo. Ella decía que sí con los ojos y se subía sin rozar. Iban un rato en silencio, ella pegada a su espalda, él oliendo el perfume y armando en la cabeza la historia que ya iba a contar a los amigos.
Como a la media legua, justo donde el camino se hace más solo, el hombre se volvía a ver la cara de su compañera. Y ahí ya era tarde: lo que estaba detrás de él no tenía cara de muchacha. Tenía cara larga, dientes de caballo viejo, ojos sin parpadear. Y eso que estaba agarrado a su cintura ya no eran manos bonitas: eran garras de monte sin perdonar.
Qué pasa con el que sobrevive
La Cegua casi nunca mata. Eso sorprende. Le tocaría, por todo lo que asusta, dejar al hombre tieso en el camino. Pero no: lo deja vivo, y eso es justamente el castigo. Lo baja del caballo, lo revuelca en zacate, lo deja temblando, y la Cegua se le devuelve al monte sin una palabra.
El hombre llega a la casa con los calzones mojados, sin poder explicar, sin querer explicar. No cuenta la historia completa a nadie. Se la queda él, como piedrita en el zapato, para el resto de la vida. Desde ese día, cuando ve una muchacha bonita sola en un camino, ya no se siente héroe. Se siente pequeño.
La Cegua no te mata. Te acomoda. Lástima que la lección le salga tan cara al que llegó tarde.
La Cegua como espejo
La gente de antes decía: “si no cargás nada sucio, la Cegua no te ve”. Y es posible que sea verdad. La Cegua necesita vanidad para prender. A un hombre que va humilde, pensando en su casa, en su mujer, en su chiquito con fiebre, ella no le llama la atención. No porque sea santo: porque está ocupado siendo humano.
En cambio, al que va con ansias, con sed de conquista, al que mira toda mujer como si fuera paisaje, la Cegua le salta como trampa de campo. Y lo que le muestra, al final, cuando le quita la cara bonita, es exactamente la cara que él andaba poniéndole a las demás mujeres en la cabeza.
Esa es la inteligencia profunda de esta leyenda: el monstruo no está en ella. Está en la forma en que él la miró primero.
La Cegua no cambia de cara: le devuelve al viajero la cara con que él venía mirando.
Lo que quedó apuntado
La Cegua, también escrita Segua o Tzegua, figura entre los espantos más antiguos del repertorio costarricense registrado. El motivo estable es la mujer seductora del camino que revela un rostro equino o monstruoso; su función documental suele leerse como advertencia contra el mujeriego, la vanidad y el abuso de la noche.
Referencias consultadas
- Wímb lu / UCR: Manuel Martínez Herrera, “Construcción de la subjetividad femenina en la leyenda de La Segua”
- UCR: proyecto “Espantos. Leyendas de Costa Rica” como marco del repertorio oral
- Cañas, Alberto. La Segua. Editorial de la Universidad de Costa Rica, 2003. ISBN 9977-67-837-5 — la pieza teatral que fijó la leyenda en la escena nacional
- UNA: la Cegua entre las figuras del folclor tico
Versos al aire
Esto no repite el giro del rostro como truco. Lo usa como corte: antes, coqueteo y pulso de cantina; después, silencio seco.
Apunte de libreta · La Cegua
La vi parada donde el camino se tuerce,
con los ojos quietos y el silencio puesto.
Le ofrecí mi caballo sin preguntarme
por qué me latía el pecho con tanto ruido.
El remate
Ay, Cegua, no me enseñés lo que ya sabía,
que anduve soberbio por donde no debía.
Para viajeros de noche
Si una desconocida pide ayuda, ayude. Pero no convierta la ayuda en cuento propio. La Cegua no castiga la amabilidad: castiga el abuso disfrazado de galantería.
Yo no le tengo miedo a la Cegua. Le tengo miedo a no portarme bien lo suficiente para que ella me ignore.
Todavía anda por aquí
La Cegua de ahora aparece donde el ego ya venía pidiendo aplauso.
No hay que culpar a la cara bonita. El susto casi siempre sale de la historia que uno se armó solito.
La mitad del engaño la pone quien ya andaba con ganas de creerse invencible.