El diablo de andar por aquí
El Cuijen es el diablo, pero el diablo a la tica: no el de cuernos de catedral, sino uno con cara de campesino, vivo, burlón y peligroso. La gente también le dice Pisuicas o Chamuco. El nombre Cuijen viene, dicen, del gavilán en lengua antigua, y le queda: es ave de rapiña con sombrero, siempre detrás de un alma despistada.
Se aparece de dos modos famosos. Uno: como jinete en las encrucijadas, retando a duelo de machete al sabanero más recio, a ver si la soberbia lo pierde. Dos: como caballero elegante, todo de negro, con la dentadura enchapada en oro, que enamora a la muchacha que no hizo caso a sus papás y se la lleva, o la deja loca para el resto de la vida.
Cómo lo oye Guáncher
A Guáncher le encanta este diablo precisamente porque no da miedo de golpe: da tentación. Es el espejo de nuestras propias ganas de quedar bien, de demostrar que somos los más machos, de creernos los más vivos. El Cuijen no nos empuja: nos invita. Y ahí está la trampa, porque el que cae, cae creyendo que fue idea suya.
Por eso en muchos cuentos al Cuijen se le gana con maña, no con fuerza —como en el puente de Grecia, donde un cristiano lo engaña a él—. La lección tica es clarísima: al diablo no se le vence siendo más bravo, se le vence siendo menos ambicioso.
Semilla para canción
Si se vuelve canción, que sea un son endiablado, con machete de fondo y unos dientes de oro que se oyen brillar en la oscuridad.
Llegó de negro, bien plantado,
con la sonrisa de puro oro;
no le digás que sí al apuro,
que el apuro es su mejor toro.
Lo que documentan las fuentes
El Cuijen es el nombre coloquial que la tradición costarricense le da al diablo —junto con Pisuicas y Chamuco—, derivado del término indígena para gavilán. Las fuentes lo describen revestido de fisonomía campesina, pocas veces terrorífico, que tienta y corrompe: aparece como jinete retador en las encrucijadas, sobre todo en Guanacaste, o como galán de negro con dientes de oro que pierde a las jóvenes desobedientes. Interviene además en relatos como el del Puente de Piedra de Grecia.
Mezcla la creencia católica con la astucia de los espíritus de los cuentos indígenas, y su moraleja apunta a desconfiar de la tentación fácil y de la soberbia.