Como a las seis, ya las pisadas huellan el doble trillo que el Jeep de Macho abrió hace unos años, cuando entraban él y su primo a pescar, bordeando el Río Grande. Son las marcas frescas de las botas de Toño Morales y René Barboza, que hace más de hora y media intentaron llegar primero que el sol al Bajo de los Robles.
Tres horas más tarde, las hachas descansan recostadas a las ramas de un árbol recién talado. Toño y René terminan su almuerzo y, sentados a la sombra, comentan de sus ganancias y cómo gastarlas.
—Yo —dijo René— pienso comprar dos vacas y vestidos para Marta y los chiquillos, cuando vaya al pueblo.
La atención que Toño ponía a su compañero se interrumpió. Lo que acababa de oír trajo a su memoria la crecida: aquella crecida que rompió su vida, que lo hizo enmudecer por mucho tiempo. Aquellas aguas color de tierra que furiosamente arremetieron contra su rancho nuevo y se llevaron a su María y a su pequeño Toñito.
Sus ojos negros se humedecieron de dolor y de rabia. De rabia porque aquella noche él estaba lejos, muy lejos. Se había ido a la Zona Sur con la esperanza de volver con buena plata. «¡Qué rabia no estar en el rancho y defender lo mío!», parecían decir sus ojos ya encendidos.
—Yo —dijo Toño, pensando en cobrarle al río—, yo me compraré una sierra.
Por qué Guáncher guardó este cuento
Porque encierra una de las emociones más sinceras de un ser humano: la venganza, esa que no respira, que solo quiere justicia sin medir consecuencias. Guáncher no regaña a Toño: entiende que un hombre con el alma quebrada busque un culpable al alcance de la mano. Tal vez Toño no andaba tan lejos al sentir que un río sin monte termina enfermo y más pobre con los años. Pero como venganza era una trampa: antes de secar nada, una ribera pelada deja a la gente más expuesta al barro, a la orilla floja y al golpe del agua cuando vuelve a crecer.