La Crecida

Mini cuento · J.R.A.C. · Río y tala

Dos hombres talando desde antes del sol en la ribera del Río Grande, y uno de los dos con una cuenta pendiente con el agua.

Como a las seis, ya las pisadas huellan el doble trillo que el Jeep de Macho abrió hace unos años, cuando entraban él y su primo a pescar, bordeando el Río Grande. Son las marcas frescas de las botas de Toño Morales y René Barboza, que hace más de hora y media intentaron llegar primero que el sol al Bajo de los Robles.

Tres horas más tarde, las hachas descansan recostadas a las ramas de un árbol recién talado. Toño y René terminan su almuerzo y, sentados a la sombra, comentan de sus ganancias y cómo gastarlas.

—Yo —dijo René— pienso comprar dos vacas y vestidos para Marta y los chiquillos, cuando vaya al pueblo.

La atención que Toño ponía a su compañero se interrumpió. Lo que acababa de oír trajo a su memoria la crecida: aquella crecida que rompió su vida, que lo hizo enmudecer por mucho tiempo. Aquellas aguas color de tierra que furiosamente arremetieron contra su rancho nuevo y se llevaron a su María y a su pequeño Toñito.

Sus ojos negros se humedecieron de dolor y de rabia. De rabia porque aquella noche él estaba lejos, muy lejos. Se había ido a la Zona Sur con la esperanza de volver con buena plata. «¡Qué rabia no estar en el rancho y defender lo mío!», parecían decir sus ojos ya encendidos.

—Yo —dijo Toño, pensando en cobrarle al río—, yo me compraré una sierra.

Escrito por J.R.A.C.

Por qué Guáncher guardó este cuento

Porque lo último que dice Toño no es una amenaza: es un dolor que no halló dónde ponerse. Cuando a uno le arrancan lo suyo y no queda a quién cobrarle, le cobra a lo que tiene enfrente. Guáncher no lo regaña. Con esa rabia, cualquiera compra la sierra.

Lo demás lo sabe el río.

Quiso cobrarle al agua, y el agua cobra de vuelta. Y él vivía en la orilla.

¿Qué huella te dejó este cuento?